10 nov 2011

Vivimos en el pasado: 8 fascinantes paradojas del tiempo y la percepción

Vivimos constantemente 80 milisegundos en el pasado, el futuro es tan real como el pasado y fluye hacia el presente; el tiempo y la percepción están estrechamente ligados, de tal forma que al pensar qué es el tiempo no logro responder, posiblemente porque la respuesta que estoy buscando es con lo que estoy buscando.


Quizás la definición más significativa del tiempo en los últimos 150 años sea la de Einstein, quien hizo de este elusivo y a la vez tiránico elemento de la realidad una parte integral de la geometría del universo (la cuarta dimensión), ligándolo  al espacio como un continuum y entendiéndolo como relativo a la velocidad con la que se mueve un objeto (tal que alguien moviéndose a la velocidad de la luz no percibiría el paso del tiempo).  Sin embargo, los misterios del tiempo (la imagen en movimiento de la eternidad, según Platón) están lejos de agotarse y han sido examinados de manera fascinante en la reciente conferencia de FQXi en Copenhague, donde participaron algunas de las mentes más brillantes de la ciencia moderna.
1. El tiempo existe - Esta es la conclusión a la que llegaron los participantes de la conferencia. Aunque su existencia podría  no ser  fundamental, solo una propiedad emergente de la gravedad cuántica. La conferencia no entró en detalles filosóficos y muchos menos metafísicos (ya que esto sería contradecir su profesión), pero nosotros podemos preguntarnos, sin estar supeditados al método de razonamiento científico, si el tiempo es sobre todo un reflejo de la mente en el espacio, un orden proyectado por el fenómeno emergente de la conciencia y, como tal, existe en relación a la conciencia o conciencias que se reflejan en el universo. Según el misticismo oriental existe una conciencia absoluta que se experimenta a sí misma a través de todas las conciencias individuales y grupales —y se percibe de manera simultánea, supratemporal. Y si el tiempo existe de manera colectiva, inscrito en el telar del universo, ¿no podría ser justamente un pensamiento en esa mente universal?  Nuestro tiempo,  ¿la duración de su sueño?


2. El pasado y el futuro son igualmente reales - La física enseña que todos los eventos en el pasado y en el futuro están implícitos en todo momento presente. El mismo Einstein creía que el pasado y el futuro eran parte de una unidad existencial y escribió: “Para nosotros los físicos la separación entre pasado, presente y futuro es una ilusión, aunque una convincente”. Que nos cueste entender que toda la existencia  —todo el tiempo— del universo está ligado en un flujo continuo de concatenación ubicua tiene que ver con que nuestra percepción es muy limitada, y lo que vemos, el tiempo que percibimos, es el resultado de cómo está construida nuestra percepción.  En un sentido puramente físico, la información —como un salmón cuántico— viaja tanto del pasado hacia el futuro como del futuro al pasado.  En palabras de Einstein, al menos la sucesión temporal unidireccional, es una ilusión.  Podríamos pensar el universo,  regresando a la concepción de la conciencia brahmánica, como un solo instante que se fractaliza en todos nuestros instantes, y se recrea.



3. Todos experimentamos el tiempo de manera distinta - Esto es verdad a diferentes niveles, tanto física como biológicamente.  La visión del tiempo universal newtoniana (el universo como un divino reloj) ha sido refutada por la física de la relatividad Desde un punto de vista biológico y neurológico, el tiempo que puede medir un reloj atómico no tiene la relevancia que tienen nuestros propios ritmos circadianos (nuestro reloj biológico) y nuestra acumulación de memorias. Esto hace que la percpeción del tiempo varíe según quiénes somos, cuántos años tenemos, qué hemos vivido y qué estamos viviendo en ese momento (el neurocientífico David Eagleman realizó una serie de experimentos que muestran cómo cuando estamos asustados, y en general bajo el influjo de la novedad, el tiempo parece pasar más lento). Esto explica también por qué el tiempo aparenta pasar más rápido cuando envejecemos, ya que entre más vivimos, generalmente más repetimos cosas que ya hemos vivido antes. Así que para ser jóvenes —al menos en percepción— la clave está en hacer cosas nuevas. Sería interesante aplicar este razonamiento a las experiencias cercanas a la muerte, que reportan supuestos estados de percepción temporal en los que “toda una vida” puede flashear en un segundo, acaso al entrever el agujero negro de la “singularidad” el estado de novedad es tanto que, como si viajáramos a la velocidad de la luz por un instante, percibimos una dilación temporal que simula la eternidad.

4. Vives en el pasado - Una versión diminuta del desfase que produce la relatividad —las estrellas que vemos en el cielo brillan con luz de hace miles de años, por ejemplo— es que  existe una diferencia —mínima, pero  físicamente real— entre el acaecimiento de un evento y nuestra percepción del mismo, lo que implica que vivimos 80 milisegundos en el pasado. “Cuando piensas que un evento ocurre, ya ha sucedido”, dice David Eagleman. En cierta forma esa clave espiritual de vivir en el presente nos es imposible.  Nuestro cerebro tarda 80 milisegundos en ensamblar una experiencia consciente después de percibir una señal.  Esto ocurre porque nuestro cerebro se toma el tiempo de sincronizar todo lo que percibimos, cuando las cosas ocurren a diferentes velocidades y a diferentes distancias (por ejemplo el sonido y la luz viajan a diferente velocidad, algo que cotidianamente podemos percibir en un rayo). Asi que rigurosamente siempre estamos haciendo una neurosíntesis pretérita de lo ocurrido —¿cómo mirar a la naturaleza real desnuda sin ningún filtro?— y el zen es memoria.



5. Tu memoria no es tan buena como pensabas –  Las mismas zonas del cerebro se activan cuando imaginamos algo en el futuro que cuando recordamos algo en el pasado. Esto hace que se atenuen las líneas entre lo vivido y lo imaginado  y  que fácilmente podamos confundir recreaciones y proyeccciones con hechos “reales” experimentados. Al mismo tiempo, cada vez que recordamos algo, recurrimos a esa memoria no como ocurrió originalmente, sino como la recordamos la última vez (un salvar archivo como). Podemos deducir entonces que recreamos constantemente nuetras vidas, nos las re-presentamos con recuerdos que modifican lo sucedido pero aparentan tejer su narrativa como si fueran objetivos. Si a esto le agregamos que las cámaras de nuestros ojos están atravesadas por neuronas y la primera imagen que vemos ya es en sí misma un recuerdo del instante, entonces no debe de  parecernos extraño que muchas personas crean que creamos la realidad y duden  de la existencia de una realidad independiente de la mente. —y si existiera, ¿óomo percibirla?

Un caso interesante (relacionado con varios de los puntos expuestos) es el de la tribu amazónica de los amondawas, quienes no tienen un lenguaje para describir el tiempo y, por lo tanto, no distinguen entre un evento y el tiempo en el que sucede, están embebidos en un mismo plano dimensional, como un barco que fuera también el río en el que navega. ¿Tal vez es el lenguaje, aquello que nos distingue de los animales y nos otorga la divinidad de nombrar (y por lo tanto conocer), lo que nos expulsa de la eternidad del presente, al hacernos vivir en la reflexión, en el reflejo de las cosas?



6. La conciencia depende de la manipulación del tiempo – Aunque el hipotético presente perpetuo parece estar fuera del reino del lenguaje y su naturaleza sucesiva (solo los jeroglíficos buscan atentar contra esta temporalidad creando imágenes y símbolos multidimensionales), algunos neurocientífcos creen que no podríamos tener conciencia de esta silenciosa eternidad, ya que justamente es nuestra capacidad gramática de manipular el tiempo —de imaginar futuros alternativos y construir sus posibilidades lingüísticamente— lo que define  la particularidad  de nuestra conciencia. Esta especie de negociación de realidades y de proyección de escenarios es parte intrínseca del ser humano, un ser que no solo sabe que es, sabe que podría ser otro.

7. El envejecimiento puede ser revertido – La tendencia del universo es hacia la entropía (el desorden y la decadencia), pero las piezas individuales del puzzle pueden ir en contra de la guadaña de Cronos (y una prueba de ello es que podemos construir refirigeradores).  Evitar el envejecimiento ya se consigue de manera natural por un tipo de medusas caribeñas y actualmente la ciencia ha avanzado detectando la enzima del envejecimiento, la telomerasa, induciendo un proceso de rejuvenecimiento celular en ratas. La nostalgia de una eterna primavera de plenitud física podrá ser en el futuro solo eso, un recuerdo.

8. Una vida es mil millones de latidos - Todavía no hemos vencido la muerte y mientras tanto compartimos con todo la vida conocida un proceso de finitud. Pese a que pensamos que nuestra vida es mucho más larga (y rica) que la de un mosquito, en cierta forma, sobre todo entendiendo que el tiempo es relativo a la velocidad y a la percepción, todos los animales vivimos lo mismo. Existe una notable relación entre masa corporal y metabolismo: los animales más grandes viven más pero metabolizan más lento, por lo cual palpitan menos. Estos efectos se cancelan de tal manera que una ballena azul y una musaraña experimentan casi el mismo número de latidos en su vida.  Y si el corzón es el marcapaso, el gran reloj de fuego,  tal vez no sería incorrecto decir que todos vivimos la misma cantidad de tiempo.

No hay duda que el tiempo, el río de espejos en el que (auto)conocemos el mundo, es un profundo misterio.  San Agustín, doctor de la Iglesia y versado como pocos en filosofía y metafísica, no logró responder a la pregunta de los hexagramas mutantes, probablemente porque al intentar contestar qué es el tiempo, la respuesta se veía comprometida por una paradoja: aquello que buscaba es con lo que buscaba.  Como dijera Borges:  ”El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río”. Cuando la serpiente se muerde la cola lo sabe, pero entonces ya no puede decir nada.


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La mente fuera del cerebro (la metafísica de los Pixies y la memoria incorpórea)

¿Dónde está tu mente? ¿en tu cerebro? ¿en tu cuerpo? ¿en el mundo? ¿en la interacción de todos estos? La neurociencia y la filosofía se preguntan hasta que punto se extiende la mente.


Ubicar la mente solamente en el cerebro, aunque  común, en la actualidad parece ser una concepción limitada de nuestros procesos cognitivos.  Ya se lo preguntaban los Pixies en su canción de 1988 Where is my mind? (¿Dónde está mi mente?). Lo que implica una respuesta bastante más compleja que sólo tomar imágenes en resonancia magnética para ver que zonas del cerebro se encienden y decir que sólo ahí, en una masa gelatinosa y eléctrica de nervios que pesa 1.5 kilos, se se deposita toda nuestra capacidad de procesar el universo. Es decir, que la mente, concebida como la res cogitas de Descartes, es una cosa, restringida a una delimitación física dentro de la cabeza. Sin embargo, la respuesta a la extensión de la mente, sin ser definitiva, es mucho más fascinante.



El filósofo Andy Clark escribe un interesante artículo en el NY Times, en el que presenta sólidos argumentos para pensar que la mente se extiende más allá del cerebro, al cuerpo y al mundo. Clark menciona la famosa analogía del hombre borracho que busca sus llaves bajo el faro de la calle y que, cuando se le pregunta que por qué las busca sólo ahí, responde que porque ahí está la luz,  y la relaciona con el hecho de que la neurociencia hace un poco lo mismo al pensar que todos los pensamientos y la conciencia ocurren en el cerebro ya que ahí es donde se prenden las luces.

Un ejemplo de como la mente, la cognición, se ve afectada por procesos más allá del cerebro, es el trabajo de los investigadores Susan Goldin-Meadow y David McNeill, quienes han realizado exámenes de diferentes tareas mentales en los que se prohibe utilizar el cuerpo para gesticular o realizar algún otro tipo de movimiento conspicuo. En varios tipos de tareas mentales, los experimentos han mostrado que cuando se inhiben estos gestos la mente se desempeña con menor proficiencia, algo que sugiere, sin creer que tenemos neuronas en los brazos como los pulpos, que otras partes del cuerpo contribuyen al pensamiento y al razonamiento (y seguramente también a la intuición). A colación es interesante que Nietzche escribió: “Todos los pensamientos verdaderamente grandes fueron concebidos caminando”, alertando sobre esta interacción mente-cuerpo en la que no sólo el movimiento de las piernas y los brazos, sino el espacio que se atraviesa alteran el funcionamiento de nuestra mente.

Andy Clark, profesor de metafísica en la Universidad de Edinburgo, argumenta que la mente humana es parte de una red de relaciones con el resto del cuerpo y el mundo en el que habita, lo que incluye la tecnología que en muchos casos funciona como “prótesis cognitivas”, o “elementos bioexternos” ampliando la idea de Mcluhan de que los medios son extensiones de nosotros mismos. En este sentido la computadora con la que lees esto o el smartphone con el que hablas con otra personas son parte de tu mente.

“Por lo menos, mentes como las nuestras son los productos no del procesamiento neural solamente, sino de una interacción iterada y compleja entre cerebros, cuerpos y los muchos ambientes diseñados en los que trabajamos y vivimos”, escribe Clark.

La teoría de la mente extendida o de la actividad mental externa señala que el organismo humano está vinculado con una entidad externa en una interacción bidireccional, creando un sistema emparejado que puede ser visto en sí mismo como un sistema cognitivo. “Todos los componentes del sistema forman un rol activo causal, y conjuntamente gobiernan el comportamiento de la misma forma que generalmente lo hace la cognición. Si removemos el componente externo la competencia en el comportamiento del sistema caerá, de la misma forma que si removieramos una parte del cerebro”.

Clark hace una interesante comparación, mencionando que si bien creemos que los aparatos, gadgets y prótesis que utilizamos para relacionarnos y pensar el mundo (para ser-con) son removibles (y que por esto no serían parte de nuestra mente), lo mismo puede decirse de nuestros cuerpos. Cita a Avicena “Estos miembros corporales no son más que vestimentas; las cuales, ya que han estado adheridas a nosotros por mucho tiempo, creemos que son nosotros, o partes de nosotros y la causa de esto es el largo periodo de adherencia: estamos acostumbrados a remover la ropa y tirarla,  algo a lo que estamos completamente desacostumbrados con nuestros miembros corporales” (lo mismo ocurre con nuestro circuito cognitvo, dice Clark ¿el yo que se sienta arriba,emitiendo órdenes en nuestra cabeza, una ilusión, un delirante dictador?).

Clark aquí abre una incorpórea puerta secreta, aunque su idea fundamental es la de la mente como una red de interacciones, un proceso interdependiente -adentro con afuera-, se atisba la idea de que la mente en una de sus formas principales -la memoria- no necesita de un cerebro para existir (el cerebro en todo caso sólo sería necesario para un tipo específico de percepción, como una antena). La teoría de la formación causativa del biólogo Rupert Sheldrake se sustenta en que la naturaleza tiene una memoria inherente, esto es un tipo de campo de información ubicuo en el espacio como la gravedad, accesible en mayor o menor intensidad según la cercanía biológica (es decir la memoria de la especie humana es más accesible a los humanos que a los rinocerontes y la memoria (o campo morfogenético), por ejemplo, de los indígenas huicholes es más fácil de acceder para otro huichol que para un hombre blanco de Nueva Zelanda; aunque un neozelandés podría acceder a la información y a los patrones de comportamiento de los huicholes sin interactuar directamente con ellos por resonancia mórfica e incluso podría ser posible que el neozelandés accediera a la memoria de los rinocerontes).



Si vamos más allá de la neurociencia hacia el ámbito de la metafísica podemos navegar con la idea de que la mente está en todas partes, que no somos nosotros los que tenemos una mente, sino es la mente la que experimenta tener un cuerpo, se experimenta a sí misma en todas las formas posibles. La filosofía metafísica de Oriente en algunos casos sostiene que el universo, el todo en cada parte, es consciente de sí mismo. El éter o akasha que compone al espacio es un medio donde fluye la información sin necesidad de un cerebro: en cualquier parte se encuentra toda la memoria del sistema cósmico. La tradición hermética, de forma similar, mantiene que el mundo no está hecho, en su constitución fundamental de materia sino de mente (“la mente infinita del Todo es el vientre de unversos”, dice el Kibalion). Tal vez sea significativo que  en la física cuántica las partículas subatómicas actúan como si tuvieran una mente propia, conectadas instántaneamente a todas las otras partículas con las que han interactuado, sin importar la distancia a la que se encuentren y colapsando su función de onda al ser observadas por otra mente. Esto era lo que Einstein llamó “spooky action at a distance”, invocando la cualidad espectral dentro de la materia. Quizás las partículas elementales se comportan de forma tan disparatada precisamente porque están hechas de-mente. En este sentido todo lo que vemos, eso que está supuestamente allá afuera, es parte de nuestra mente (la mente del universo). La piel no nos divide del mundo. Podemos decir con los Pixies:

Where is my mind?

Way out in the water,
see it swimming
(¿Dónde está mi mente? Hasta allá en el agua, vela nadando)





Satélites revelan ciudad sepultada en el desierto de Libia

Con ayuda de tomas aéreas y satelitales, investigadores de la Universidad de Leicester revelan los cimientos del mundo de los garamantes, una de las más antiguas y refinadas civilizaciones asentadas al suroeste de libia.


De acuerdo con las imágenes satelitales y aéreas obtenidas por un grupo de investigadores de la Universidad de Leicester, existe toda una ciudad sepultada por el desierto del Sahara al suroeste de Libia, hogar de un grupo étnico que se conoce como los garamantes, hasta donde se sabe la primera civilización en asentarse en territorio libio.

Esta tribu, aunque en los registros de la antigua Roma se le considera de nómadas y bárbaros, en realidad desarrolló una cultura bastante refinada, con construcciones que de no haber quedado ocultas por las inclementes arenas del desierto, sin duda serían hoy una de las maravillas más admirables del mundo antiguo.

“Estaban muy civilizados, vivían en grandes poblados fortificados, como oasis de agricultores. Se trataba de un estado organizado con ciudades y pueblos, tenían lenguaje escrito y tecnologías muy avanzadas. Los Garamantes fueron pioneros en el establecimiento de oasis y en la apertura del comercio trans-sahariano”, declaró David Mattingly, profesor de arqueología romana en la Universidad de Leicester.



Y si bien la reciente rebelión que dio como resultado la caída y posterior muerte de Muamar Gadafi representó serios problemas para los investigadores, estos esperan que pronto puedan regresar para reanudar sus exploraciones y descubrir totalmente esta ciudad perdida de los garamantes.


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¿Discriminación sexual? Pareja de pingüinos homosexuales será separada por zoológico de Toronto

Pingüinos aparentemente homosexuales asombran a sus cuidadores por su afectuoso comportamiento; tristemente, pronto serán separados para que se reproduzcan y eviten la extinción de su especie.


En el zoológico de Toronto viven dos pingüinos africanos que, hasta ahora, constituían un distintivo al menos para el staff del lugar, quienes se asombraban de que la pareja mostrara comportamientos propios del cortejo siendo que se trata de dos ejemplares machos. Y si bien la homosexualidad animal está más que comprobada, el hecho resultaba una curiosidad e incluso un motivo de asombro para los cuidadores de estas simpáticas y afectuosas aves.

Tristemente, el idilio de Pedro y Buddy (así se llaman los pingüinos) pronto llegará a su fin, ya que su especie necesita urgentemente reproducirse si no quiere desaparecer del planeta, razón por la cual pronto se les reunirá con las hembras apropiadas para dicho fin.

De hecho ellos mismos son resultado de un programa de reproducción en cautiverio con sede en Toledo, Ohio, donde iniciaron su relación sin importar la diferencia de edades (Buddy tiene 20 años y Pedro 10), misma que continuó luego de que ambos fueran trasladados al zoológico canadiense donde ahora residen.

“Todo esto es nuevo para nosotros”, declaró un cuidador a un periódico local. Por su parte, el director del zoo fue más allá: “Es un tema complicado, pero parece que se encuentran una especie de relación amorosa”.


Solo resta esperar que después de que los pingüinos cumplan con sus obligaciones cuasi conyugales, los responsables del zoológico tengan el buen tino de permitir que Pedro y Buddy reanuden el peculiar lazo que han establecido.

Mientras tanto algunas personas se preguntan si la separación de los pingüínos homosexuales para seguir un programa de reproducción –la tiranía de la bioogía–no constituye una especie de discriminación sexual, desde una perspetiva antropocéntrica, ya que, argumentan, si dos humanos homosexuales fueran separados para obligarlos a reproducirse esto generaría indignación de alguno sectores de la sociedad.


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Hombre arrojó 4,800 botellas al mar con mensajes y recibió más de 3000 respuestas

En un hobby que algo tiene de enternecedoramente anacrónico, un canadiense de 58 años lleva un par de décadas arrojando botellas al mar con mensajes de amistad en su interior, acaso un método mucho más efectivo y sincero que las actuales redes sociales.



Para Harold Hackett, un canadiense que habita en la isla Prince Edward, en la costa atlántica, la expresión “arrojar una botella al mar” es más que una metáfora, es una realidad ritual cotidiana que ha hecho de él un personaje singular.

Durante casi veinte años Hackett se ha dedicado a confiar sus solicitudes de amistad no a Facebook, sino al vaivén y el humor de las aguas océanicas, esperando que su modesto pero resistente transporte llegue hasta la persona indicada —quienquiera que esta sea.

Desde 1996 ha arrojado 4800 botellas y recibido más de 3100 respuestas (algunas incluso varios años después de que hubiera lanzado su botella), más de 3000 desconocidos destinatarios de todo el mundo que repentinamente se convirtieron en remitentes, comenzando así a establecer con el canadiense una relación única y enternecedoramente anacrónica en estos tiempos en que la comunicación global se consigue con unos cuantos clics y los dispositivos apropiados.

“Nunca creí que tendría tantas de regreso”, dice Hackett, “Simplemente adoro hacerlo al viejo estilo”.


Pero si ya es, de alguna manera, recompensa suficiente saber que alguien allende el mar y las fronteras será feliz por un momento al recibir unas cuantas palabras suyas, Hackett confiesa que también ha obtenido de esto que él considera un hobby algunos beneficios adicionales: “Usualmente me llegan unas 150 tarjetas navideñas, regalos navideños, souvenirs”.

Quién sabe, quizá rescatar algunos de esos viejos métodos de comunicación nos acarrearía más y mejor compañía que las redes sociales que tanto nos han fascinado en los últimos años.


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